Cuenteme, desde el principio, si puede, por favor. El hombretón no estaba pensando en nada en ese momento, el monitor apenas titilaba y tomaba notas en un cuadernito amarillento de tapas color fucsia. Al hombreton desde sus años de universidad le habia subyugado el color fucsia, lo hacia notable entre una banda de aprendices de curacerebros. Con el tiempo habia adquirido la gracia del contraste, vestía tonos apagados, serios y se reunía con gente del ambiente pero en el consultorio sacaba la libretita fucsia y tomaba notas.
Por casualidad una noche desvelada, se encontro en un blog de internet unos textos abtrusos y empezó sin querer a tomar nota, una tras otra, encontrando los personajes, descubriendo a las personas detras de las acciones, sospechando romances y confabulaciones sectarias. Hasta que encontró la referencia que cambiaría su vida: TAHU MUNKAR.
El hombretón que les refiero es un tipejo de unos 50 años, de posición acomodada y por lo demas, nada destacado. Habil para que sus 2 metros de altura y 125 kilos pasen desapercibidos.
NOte:
If youre reading this, you can put your commentary and make a delicious deathbody. we preciate your compromise.
May be you think, we are aware about this, dont worry, remember the unknown dimention. you re entering in. Enjoy
domingo, 16 de agosto de 2009
domingo, 9 de agosto de 2009
está enamorado
Está enamorado. Está muy enamorado y lo único que puede hacer con su amada es escribirle mensajes de amor. Se siente ridículo –se acuerda de la poesía de Fernando Pessoa que dice que toda carta de amor es ridícula, pero más ridículo es no haber escrito nunca una carta de amor.
Está enamorado. Como un chico, piensa. Pero en realidad está tan enamorado como sólo un hombre maduro puede estarlo. Está enamorado con la experiencia de toda una vida. Y se acuerda del cuento de Carson McCullers en el que un viejo viaja y se autoeduca en el amor, para estar listo para amar a una mujer, al final del camino.
Está enamorado. Está muy enamorado y después de saludar con un beso a su amada acaricia suavemente las teclas, como si fueran los labios que hace sólo unos instantes besó por escrito. Y se acuerda de la canción de Rita Lee que dice que de tanto imaginar locuras, hacen el amor por telepatía.
CI
Está enamorado. Como un chico, piensa. Pero en realidad está tan enamorado como sólo un hombre maduro puede estarlo. Está enamorado con la experiencia de toda una vida. Y se acuerda del cuento de Carson McCullers en el que un viejo viaja y se autoeduca en el amor, para estar listo para amar a una mujer, al final del camino.
Está enamorado. Está muy enamorado y después de saludar con un beso a su amada acaricia suavemente las teclas, como si fueran los labios que hace sólo unos instantes besó por escrito. Y se acuerda de la canción de Rita Lee que dice que de tanto imaginar locuras, hacen el amor por telepatía.
CI
lunes, 3 de agosto de 2009
El arte de escribir
No estoy sentado aquí en medio de la nada
tan solo para hacerte saber que importas.
Si existe una forma de estar bajo las sabanas
tan luego repirar aunque la vida sea corta.
El frio es frío como el paisaje del cuerpo,
con luces tenues se apaga el dia bajo la luna,
Si se desliza suavemente, tendrá final del muerto
tan solo para hacerte saber que importas.
Si existe una forma de estar bajo las sabanas
tan luego repirar aunque la vida sea corta.
El frio es frío como el paisaje del cuerpo,
con luces tenues se apaga el dia bajo la luna,
Si se desliza suavemente, tendrá final del muerto
domingo, 12 de julio de 2009
está dura la calle
10 de julio de 2009
Es un viernes. Es feriado sanitario, que me suena a algo así como la horrible expresión “visita sanitaria” de los presos. Son las 10 de la mañana y hay 3 grados en la ciudad de Buenos Aires. Estamos en el pico de la Gripe A (H1N1).
Un hombre en la rambla de la 9 de julio, durmiendo envuelto en una frazada
“Para los villeros cámara de gas”.
Un pibe de unos 15 años en uno de los bancos de la Avenida de Mayo, durmiendo envuelto en una frazada.
“Plomo caliente para los peronistas”.
Una vieja, rodeada de unos bártulos que son su casa, se pinta los labios en Hipólito Irigoyen.
“Una cruz esvástica y dos SS estilizadas”.
Una pibita de unos 12 durmiendo en un zaguán de un negocio vacío de Corrientes.
“Cobos, traidor, saludos a Vandor”.
Frente a uno de los teatros de Corrientes hay dos personas totalmente tapadas y durmiendo. No sé si son jóvenes o viejos, no sé si son mujeres o varones. Están envueltos de los pies a la cabeza con varias telas superpuestas.
“JP Descamidos”
En Bernardo de Irigoyen, un chico acostado en un zaguán no duerme. Paso, lo miro y veo que tiene los ojos abiertos.
“La Caride. Mov. Evita”
Sigo caminando y mis ojos son atrapados por un par de ojos negros y redondos debajo de un gorrito de lana. Es un bebé de unos nueves meses que me interpela desde los brazos de su padre. Cuando el hombre, joven y con expresión de dolor, se da cuenta que le estoy sonriendo a los ojos de su hijo, me pide algo de plata para comprar comida.
“En el país hay 900 mil jóvenes ni – ni. Ni estudia, ni trabaja, ni proyecta”.
Viajo, viajo desde Buenos Aires a La Plata. Hay un fierita sentado en el asiento de atrás que escucha fuerte "The boxer", la vieja canción de Simon & Garfunkel, pero cantada muy mal por un cumbiero vernáculo.
Las décaddas se mezclan. La diferencia entre los 70 y ahora es que con el argumento tergiversado de la primacía de la política, la confrontación es virulenta en lo verbal pero ya casi no se habla de que cada vez hay más gente viviendo en la calle, y que eso no está bien.
laBruja
Es un viernes. Es feriado sanitario, que me suena a algo así como la horrible expresión “visita sanitaria” de los presos. Son las 10 de la mañana y hay 3 grados en la ciudad de Buenos Aires. Estamos en el pico de la Gripe A (H1N1).
Un hombre en la rambla de la 9 de julio, durmiendo envuelto en una frazada
“Para los villeros cámara de gas”.
Un pibe de unos 15 años en uno de los bancos de la Avenida de Mayo, durmiendo envuelto en una frazada.
“Plomo caliente para los peronistas”.
Una vieja, rodeada de unos bártulos que son su casa, se pinta los labios en Hipólito Irigoyen.
“Una cruz esvástica y dos SS estilizadas”.
Una pibita de unos 12 durmiendo en un zaguán de un negocio vacío de Corrientes.
“Cobos, traidor, saludos a Vandor”.
Frente a uno de los teatros de Corrientes hay dos personas totalmente tapadas y durmiendo. No sé si son jóvenes o viejos, no sé si son mujeres o varones. Están envueltos de los pies a la cabeza con varias telas superpuestas.
“JP Descamidos”
En Bernardo de Irigoyen, un chico acostado en un zaguán no duerme. Paso, lo miro y veo que tiene los ojos abiertos.
“La Caride. Mov. Evita”
Sigo caminando y mis ojos son atrapados por un par de ojos negros y redondos debajo de un gorrito de lana. Es un bebé de unos nueves meses que me interpela desde los brazos de su padre. Cuando el hombre, joven y con expresión de dolor, se da cuenta que le estoy sonriendo a los ojos de su hijo, me pide algo de plata para comprar comida.
“En el país hay 900 mil jóvenes ni – ni. Ni estudia, ni trabaja, ni proyecta”.
Viajo, viajo desde Buenos Aires a La Plata. Hay un fierita sentado en el asiento de atrás que escucha fuerte "The boxer", la vieja canción de Simon & Garfunkel, pero cantada muy mal por un cumbiero vernáculo.
Las décaddas se mezclan. La diferencia entre los 70 y ahora es que con el argumento tergiversado de la primacía de la política, la confrontación es virulenta en lo verbal pero ya casi no se habla de que cada vez hay más gente viviendo en la calle, y que eso no está bien.
laBruja
miércoles, 1 de julio de 2009
contra el miedo
Y así las cosas, la vida nos sigue dando sorpresas.
Crecimos en los sesenta, pasamos parte de nuestra adolescencia durante la dictadura y por lo tanto no pudimos besuquearnos en las plazas.
Cuando la mano empezó a aflojar apareció algo que en sus orígenes fue llamado "la peste rosa", y que después se mostró en todas sus consecuencias. De nuevo los cuidados y los miedos, el sexo seco y todas esas cosas.
Y ahora se vino la porcina. Y con la porcina ni siquiera nos podemos dar besos en las mejillas, ni podemos abrazarnos, ni podemos darnos las manos, ni podemos tocar las mismas superficies, ni podemos compartir un matecito o un puchito.
Los besos pasarán a ser recuerdos del pasado que miraremos, encerraditos en nuestras casas, en las películas del remoto siglo XX.
¿Qué nos queda, entonces? ¿La distancia y el barbijo? ¿El alcohol en gel en vez del mate?
Miedo miedo miedo miedo.
Yo propongo que nos expongamos al contagio, porque de algo hay que morir. Y hasta que el cuore se detenga, eso es la vida. Estos son los escasos tiempos que nos toca vivir.
Crecimos en los sesenta, pasamos parte de nuestra adolescencia durante la dictadura y por lo tanto no pudimos besuquearnos en las plazas.
Cuando la mano empezó a aflojar apareció algo que en sus orígenes fue llamado "la peste rosa", y que después se mostró en todas sus consecuencias. De nuevo los cuidados y los miedos, el sexo seco y todas esas cosas.
Y ahora se vino la porcina. Y con la porcina ni siquiera nos podemos dar besos en las mejillas, ni podemos abrazarnos, ni podemos darnos las manos, ni podemos tocar las mismas superficies, ni podemos compartir un matecito o un puchito.
Los besos pasarán a ser recuerdos del pasado que miraremos, encerraditos en nuestras casas, en las películas del remoto siglo XX.
¿Qué nos queda, entonces? ¿La distancia y el barbijo? ¿El alcohol en gel en vez del mate?
Miedo miedo miedo miedo.
Yo propongo que nos expongamos al contagio, porque de algo hay que morir. Y hasta que el cuore se detenga, eso es la vida. Estos son los escasos tiempos que nos toca vivir.
lunes, 8 de junio de 2009
Resbalando rapido
La camioneta saltó por enésima vez y yo con ella. En la cabina, un conductor de edad imprecisa, pequeño y macizo solo por el hecho de dejar pasar la vida trabajando. Una cara larga, para nada triste podia ver cada vez que miraba para atrás, a la caja donde unas nueve personas y yo, un perro, dos gallinas y una bolsa, un saco como dicen ellos, en el centro de la escena. Creo que solo le preocupaba qué era o que pasaba con esa bolsa de arpillera amarillenta, de urdimbre limpia y trajinar sucio. Un giro brusco y una frenada. Una gallina se escapa y el perro va tras ella. Esto no puede estar pasando!.
Una señora pequeña pero rellena, con faldas de color violeta y camisa como de viyela azulina y chaleco azul y un sombrero copudo, negro, va, detrás del perro, de la gallina, de la cena. Nos detenemos al grito de, Zul!, acá. y el perro que ni caso, pero la mujer se da vuelta sin dejar de correr como si pudiera flotar sobre el piso, hojas barridas por el sendero. Seguí!, te encuentro adelante. Y la camioneta corcoveó y salío despedida hacia una curva imposible entre casuchas pequeñas y pozos amenazantes. Seguir?, Tencuentro mas adelate?. Cómo?, si nosotros vamos en camioneta y ella a pié, por rápido que lo haga, va cuesta arriba, no, no puede ser!.
Por lo menos hay mas espacio, lástima por el perro, era el único que parecía verme, no es facil para un pinta de gringo andar a pie por estos lados. Por lo menos no hay aquí ese polvo que flota y flota bajo el mero encantamiento de ser liviano como el talco pero áspero y sucio.
Y a mi, que me incomoda tanto el silencio, la mirada baja y dura, durisima de dos carbones tallados de tanta coca y altura, piedras que se desarman con el tiempo y sin embargo perduran. Y sin embargo soy feliz, no por el aire trasparente de las montañas, no por las comidas sabrosas e inciertas, por estar ahí.
Les conté que la camioneta es un atadijo de chapas y metales, un poco de pintura unas maderas claras, alineadas en un peine de la caja, gomas de dibujito que no tienen ni creo que tuvieran en algun momento algo que no fuera una lisa e indefinible superficie de rodamiento. No, no les conté porque lo que me viene a la memoria, toda junta, son el perro, las gallinas, las ropas olorosas, el polvo, los golpes y la bolsa.
El pueblo termina en la esquina y ni señales de la mujer, del perro o tan solo de la gallina que por salir primero, ya deberia de haber llegado. Ultima oportunidad!
Miro en torno, entre saltos, entre nubes, entre casitas y nada. No hay nadie, todo quieto, todo silencioso. Mi apuesta secreta la he ganado, por una vez, le he ganado. Miro hacia el conductor. El mira hacia adelante, al campo. Hemos dado muchas vueltas.
De repente, todo se detiene, la camioneta, el chofer, los saltos. Solo el polvo sigue, y la conversación callada de mis acompañantes. Abre la puerta y baja. Uno de los dos hombres gordos vestidos de marron le alcanza la bolsa por sobre las maderas que cierran los lados de la camioneta. Y se va, se pierde en un pasillo luego del cual se adivina una puerta gris violaceo, descascaradamente pintada hasta encubrir una sombra oscura, secreta.
Uno de los gordos, el de camisa blanca, saca de su bolso una bolsa de papel amarillento. No es una gran bolsa, es tan solo una bolsa de panadería de la que saca unos pastelillos de manzana, acidos y dulzones, perfumados a limon y canela. No esperaba eso. Unos meses mas tarde, en mi propia cocina, ensallé varias veces la receta irrepetible. El olor a caramelo del almibar, las manzanas tiesas color aguamarina sobre el marmol blanco de la mesada no podían disimular la ausencia de la altura, del aire puro, momentos.
La altura tiene varios componentes, uno, claro está es que el aire raspa, engaña y se retira a lugares alejados, es algo que falta como el mango a fin de mes. Pero no me refiero a eso, la altura tiene un pacto con el tiempo, el tiempo se curva, es mas, se retuerce sobre si mismo e insiste en no transcurrir. No está detenido, es solo que adopta una condición retenida, escamoteada. Dos viejos sostenidos en torno de una mesa a la sombra en una partida de amarillentos dominós en la cual apostaron la cuenta del día del vermouth con complementos que se despachan entre un minuto y otro.
Tal vez, talvez por eso es que no me di cuenta, tratando de respirar con mis pulmones de llanura y rio ancho, de la señora que ahora nomás estaba subiendo a la caja de la camioneta, la gallina colgando como en un cuadro de Velazques?, blanca, sudorosa y seguro con alguna marca de colmillos del perro que, con la cola gacha no se anima a subir. Todos, los otros es decir, no yo, que hago mi esfuerzo por no perder nada ni mucho menos el aire sucio o el aliento escaso, ni la señora que se sienta ahí nomas, enfrente mío, ni la gallina, atada ahora a la otra gallina por las patas amarillas. Todos están, dormidos como en una siesta insoportable, duermen, si, despiertos, las caras atentas, duras como centinelas de piedra y lana de llama, en silencio, somos de nuevo nueve. Un número mágico.
Como pudo Ernesto pasar por aqui, indemne. No indemne no, tranformado, trastocado como un juego de biribirloque que no es un truco, son 500 años y ellos están alli como una foto, solo que hace solo 200 años que se inventó el dispositivo, casi al mismo tiempo que las burguesias locales inventaron la independencia de la casa matriz, el Reino de España. Al cual no pudieron terminar de volver en ningun momento de todo ese período. Es extraño saber que en los tiempos de Leonardo da Vinci ya se disponía de una forma de captar lo que se veía sin usar pinceles, lapices o carbones. Las imagenes que llevaban el desafío de los materiales implícitos en todo su proceso. Tal vez esas fotos sean mas precisas que mi recuerdo de esas personas pero no mas fieles.
Una señora pequeña pero rellena, con faldas de color violeta y camisa como de viyela azulina y chaleco azul y un sombrero copudo, negro, va, detrás del perro, de la gallina, de la cena. Nos detenemos al grito de, Zul!, acá. y el perro que ni caso, pero la mujer se da vuelta sin dejar de correr como si pudiera flotar sobre el piso, hojas barridas por el sendero. Seguí!, te encuentro adelante. Y la camioneta corcoveó y salío despedida hacia una curva imposible entre casuchas pequeñas y pozos amenazantes. Seguir?, Tencuentro mas adelate?. Cómo?, si nosotros vamos en camioneta y ella a pié, por rápido que lo haga, va cuesta arriba, no, no puede ser!.
Por lo menos hay mas espacio, lástima por el perro, era el único que parecía verme, no es facil para un pinta de gringo andar a pie por estos lados. Por lo menos no hay aquí ese polvo que flota y flota bajo el mero encantamiento de ser liviano como el talco pero áspero y sucio.
Y a mi, que me incomoda tanto el silencio, la mirada baja y dura, durisima de dos carbones tallados de tanta coca y altura, piedras que se desarman con el tiempo y sin embargo perduran. Y sin embargo soy feliz, no por el aire trasparente de las montañas, no por las comidas sabrosas e inciertas, por estar ahí.
Les conté que la camioneta es un atadijo de chapas y metales, un poco de pintura unas maderas claras, alineadas en un peine de la caja, gomas de dibujito que no tienen ni creo que tuvieran en algun momento algo que no fuera una lisa e indefinible superficie de rodamiento. No, no les conté porque lo que me viene a la memoria, toda junta, son el perro, las gallinas, las ropas olorosas, el polvo, los golpes y la bolsa.
El pueblo termina en la esquina y ni señales de la mujer, del perro o tan solo de la gallina que por salir primero, ya deberia de haber llegado. Ultima oportunidad!
Miro en torno, entre saltos, entre nubes, entre casitas y nada. No hay nadie, todo quieto, todo silencioso. Mi apuesta secreta la he ganado, por una vez, le he ganado. Miro hacia el conductor. El mira hacia adelante, al campo. Hemos dado muchas vueltas.
De repente, todo se detiene, la camioneta, el chofer, los saltos. Solo el polvo sigue, y la conversación callada de mis acompañantes. Abre la puerta y baja. Uno de los dos hombres gordos vestidos de marron le alcanza la bolsa por sobre las maderas que cierran los lados de la camioneta. Y se va, se pierde en un pasillo luego del cual se adivina una puerta gris violaceo, descascaradamente pintada hasta encubrir una sombra oscura, secreta.
Uno de los gordos, el de camisa blanca, saca de su bolso una bolsa de papel amarillento. No es una gran bolsa, es tan solo una bolsa de panadería de la que saca unos pastelillos de manzana, acidos y dulzones, perfumados a limon y canela. No esperaba eso. Unos meses mas tarde, en mi propia cocina, ensallé varias veces la receta irrepetible. El olor a caramelo del almibar, las manzanas tiesas color aguamarina sobre el marmol blanco de la mesada no podían disimular la ausencia de la altura, del aire puro, momentos.
La altura tiene varios componentes, uno, claro está es que el aire raspa, engaña y se retira a lugares alejados, es algo que falta como el mango a fin de mes. Pero no me refiero a eso, la altura tiene un pacto con el tiempo, el tiempo se curva, es mas, se retuerce sobre si mismo e insiste en no transcurrir. No está detenido, es solo que adopta una condición retenida, escamoteada. Dos viejos sostenidos en torno de una mesa a la sombra en una partida de amarillentos dominós en la cual apostaron la cuenta del día del vermouth con complementos que se despachan entre un minuto y otro.
Tal vez, talvez por eso es que no me di cuenta, tratando de respirar con mis pulmones de llanura y rio ancho, de la señora que ahora nomás estaba subiendo a la caja de la camioneta, la gallina colgando como en un cuadro de Velazques?, blanca, sudorosa y seguro con alguna marca de colmillos del perro que, con la cola gacha no se anima a subir. Todos, los otros es decir, no yo, que hago mi esfuerzo por no perder nada ni mucho menos el aire sucio o el aliento escaso, ni la señora que se sienta ahí nomas, enfrente mío, ni la gallina, atada ahora a la otra gallina por las patas amarillas. Todos están, dormidos como en una siesta insoportable, duermen, si, despiertos, las caras atentas, duras como centinelas de piedra y lana de llama, en silencio, somos de nuevo nueve. Un número mágico.
Como pudo Ernesto pasar por aqui, indemne. No indemne no, tranformado, trastocado como un juego de biribirloque que no es un truco, son 500 años y ellos están alli como una foto, solo que hace solo 200 años que se inventó el dispositivo, casi al mismo tiempo que las burguesias locales inventaron la independencia de la casa matriz, el Reino de España. Al cual no pudieron terminar de volver en ningun momento de todo ese período. Es extraño saber que en los tiempos de Leonardo da Vinci ya se disponía de una forma de captar lo que se veía sin usar pinceles, lapices o carbones. Las imagenes que llevaban el desafío de los materiales implícitos en todo su proceso. Tal vez esas fotos sean mas precisas que mi recuerdo de esas personas pero no mas fieles.
jueves, 21 de mayo de 2009
Siete treinta y dos
No.
Para que levantarse en la mañana temprano si no tienes nada que hacer?
No me hizo caso y siguió deshaciendo las migas de la tostada de ayer en un vaso transparente lleno con un liquido oscuro que no era cafe pero bien podría serlo. Sus ojos tienen el sudor de una noche de mal sueño, de atormentar las sabanas sin sustento. Levantarse temprano para que?. Cuando era pequeña, siempre era la primera en despertarse, aún antes de que el despertador rojo de campanada estridente, de lata vieja aunque fuera nuevo y reluciente y que por la noche atronaba con un tique tac mortal. Porqué sus padres le habían comprado semejante armatoste, no lo sabía. Parecía un tanque blindado, una especie de artilugio de las épocas en que los aparatos eran el resultado del ingenio mas que de la invención y fundamentalmente, debían durar toda la vida. A quien se le ocurre hoy que algo dure toda la vida. Es imperioso cambiarlo casi enseguida de haberlo comprado. No le gustaba esa sentencia por eso los autos le duraban, los pantalones se desteñian en su ropero, prefería las plantas robadas de los jardínes amigos a las variedades híbridas ofrecidas en las vidrieras floridas y algo artificiales de los negocios de la calle, no mencionaré su nombre pero me viene a la memoria esas maisons des fleurs de París y su abigarrada y ordenada oferta de variedades. Pero no era eso algo que preocupara su mañana, no.
Sabanas sucias, sabanas limpias. Siempre dejaba unas migas distribuirse sobre las sabanas, las cobijas de lana de las que era tan dificil sacarlas y el piyamas.
Aún asi los ojos cansados no se volvieron hacia mí. El sol de invierno le pegaba duramente en la espalda. Cómo será en esos países donde no hay sol en invierno?, podría imaginar un dia alli, pasar un fin de semana pero no más. Sol de invierno.
Tenía un piyamas a rayas, morado y ocre, con flores en segundo plano y el pantalon del mismo color ocre, brilloso como seda y suave. Le gustaban las manos deslizandose por esa suavidad y por debajo los músculos tensos los pezones duros, el borde del boton, un elástico, nada. Yo por mi parte prefiero dormir desnudo, aunque como soy friolento, solo puedo hacerlo algunas noches de verano muy calurosas, bajo el tul que cuelga desde la oscuridad y las notas claras de la luna suspendidas sin mas.
Un suave edredón de plumas está arrugado sobre la cama, la casa cruje a cada zamarreo del viento que sopla sobre el lago. Hará frío hoy.
Me quedo un rato en la cama, esperando. Desconfía de mí, sabe que debería haberme levantado temprano, saltado de la cama y sumergirme en la oscuridad hasta la cocina,fria. Encender el fuego, calentar pan o lo que haya, solo para mí, exprimir unos pomelos del árbol del jardín, ese que plantara unos 20 años atrás para reponer otro, viejo, más viejo que yo y que cubría un pequeño jazmín del cabo de hojas lustrosas y flores blancas, tersas y suaves, si es que quieren significar cosas distintas. En ese árbol yo trepaba al techo y del techo al cielo, hoy el jazmín casi ha crecido tanto como ese pomelo pero sus ramas son flacas y huesudas como mis manos. Inútiles para sostener el peso ágil e infantil de un aventurero de entrecasa.
No. Me quedo en la cama como si fuera tan solo una contradicción de mi naturaleza. Tengo trabajo por hacer pero he aprendido a tomarme el tiempo necesario, el mundo no cae, respiro, el aire se vuelve docil, gracias.
Al fin, presa del fastidio que produce mi pereza fingida, junta lo que va a ponerse para hacer lo que tenga que hacer ese día, sin olvidar nada y se mete en el baño. No lo hace para castigarme, escamotearme esa escena cotidiana del cuerpo que se desnuda y se viste con un cierto erotismo alejado de toda pasión, de toda verguenza, abrumado por el día tras día, aunque para mí el tiempo no pase.
Siento el agua que fluye, un gorgoteo y un no se qué. Ya no tengo esa curiosidad de saber que pasa donde no se puede entrar pero abro la puerta para preguntar.
Para qué tan temprano?
Agua que picotea sobre mis ojos, sobre mi cara entera sobre mi cuerpo y se desliza en pequeños surcos que se corren hasta el piso y nada. Es un momento donde el tiempo se detiene, stop, nada. Tengo ganas de nada, tengo ambicion de todo, todo todo. Me pondré unas ropas viejas, un yin, una remera vieja rayada, con finitas rayas multicolores horizontales y por encima un saco de lana con guardas, una bufanda roja, guantes, medias de lana y botas color ciruela para ir al bosque. Pisar el pasto escarchado mientras todo esta callado.
Hoy debe ser. Aunque no cierro los ojos puedo ver la puerta de piedras calzadas una sobre otra sin junturas y el hombre diciendo, no debería, es un riesgo, don Luis ha dicho que usted no debería. Siento en la mano, en el fondo del bosillo del abrigo una piedra fría, suavemente fría. La encontré en el camino mientras subía, montaña traviesa, evitando a los turistas y sus máquinas fotográficas que miran sin ver, sin ver nada. Al subir no quise solo subir, quise estar ahí como si la montaña y yo tuvieramos que conocernos, tocarnos, olernos, sudarnos, desgastarnos, sin equivalencias. No era una cuestión iniciática, habia estado antes ahí.
De todas las piedras del camino, solo una, esa. La vi tirada ahí. Una piedra en mi camino. Acordarme de quien era antes. La piedra me estaba mirando, ahi, desde el borde del camino, marcando un hito, un descanso, ahora.
Mirando al piso vi que mis zapatillas, un par de viejas zapatillas de puntera de plástico blancas y suela de goma roja, estaban por deshacerse. Apenas les quedaba el mote de zapatillas por estar cubriendo los pies con una buena ayuda de unas medias de algodón mas propias para una clase de gimnasia que para andar gastando caminos barrosos por los alrrededores de Ollantaytambo. Mi aspecto no era mucho mejor, pero el tiempo apremiaba y quería bajar luego por los túneles de la ladera del este, pasar bajo la selva y llegar al río. Los túneles llenos de tierra antiga, milpiés, arañas, opiliones, gusanos y un barro suave y perfumado. Alvar Mayor, Aguirre, olor a historias de hace tiempo.
El café está listo, venís?.
En un rato. Dejalo en la cafetera para que no se enfríe.
Voy a tomarme el dia para pensarlo. Si, ya se que no es mi estilo pero siento que asi la cosa no va, me falta el aire.
Escucho la puerta de la calle antes de salir del baño con una nube de vapor que se vuelca sobre el pasillo, el silencio de una casa sola, los ruidos breves de la calle, gente que conversa a veces en idiomas extraños, no que dicen. Extrañamente no hay otros ruidos, el tiempo se ha parado y la gente de la calle es la única que sigue su rutina. Yo me cansé. Basta.
Mejor la soledad, saber que estas sin nadie mas, sentir que no van a escucharte, a rozarte, a mirarte, mejor así.
El te verde que puse a calentar hace unos minutos ahora se quema con un humo azul y un olor a pastos de campo. Pensé en el comerciante del puesto en la feria ambulante que vendía infusiones, un hombre pequeño, cobrizo, de frente ancha, ojos oscuros casi rasgados, el pelo algo largo, peinado tirante hacia atras de las orejas y la nuca, brilloso, chaleco tejido, camisa y pantalon de una tela basta y casi áspera de tan oscura. Pocillos y bolsas con hierbas, polvos, piedras y hebras de colores indecisos o brillantes, se extendían por toda la mesa que, aunque breve parecía tener todas las respuestas para los pocos males que nos azotan en este mundo. Te verde para el cansancio, el estrés y el estómago, dijo con voz de quien sabe y así lo acepté. Para que comprás esas cosas, te van a arruinar el estomago en el mejor de los casos hubiera dicho mi abuela si estuviera todavía viva pero no. La ollita de enlozado blanco ahora lucía una veladura en sus paredes y unas manchas extrañas en el fondo. Se leerán las manchas de recocida como las borras del café?, no lo sabía entonces ni lo se ahora pero alguíen habra que sepa ver en los rasgos, las señales y en las señales lo que importa por sobre lo que interesa. El amor por ejemplo es una cosa irrelevante que preocupa a casi todos, aún a aquellos que solo se preocupan por hacer dinero.
La salu, el trabajo, la amista, son cosas importantes, el resto esta en el destino de cada u, vos por ejemplo, un sin destino, tenes que cuidar de esas cosas importantes, porque tenes pocas y esas no vuelven.
La abuela era un fenomeno pero por suerte, leia muy mal el futuro, casi tan mal como yo, casi tan mal.
Desde el jardin podia ver a los obreros colgados como arañas de la estructura del edificio vecino, desde la casa, solo podía imaginarlos, naranjas y azules, aplastados sobre una pared a medio construir, a los gritos, sucios, sudando, cansados.
Que será importante para ellos?, la resistencia de la cuerda que los sujeta a la vida?, el punto de la mezcla?, la canción del chamamé que agota la radio?. Lo importante parece que pasa rápido, se tuerce y transforma y deja de ser importante justo cuando dejamos de prestarle atención. Pero lo peor es cuando empezamos a extrañar aquello que nos fue importante, ahi no hay nada mas que decepción y a lo sumo una pizca de comunión.
Para que levantarse en la mañana temprano si no tienes nada que hacer?
No me hizo caso y siguió deshaciendo las migas de la tostada de ayer en un vaso transparente lleno con un liquido oscuro que no era cafe pero bien podría serlo. Sus ojos tienen el sudor de una noche de mal sueño, de atormentar las sabanas sin sustento. Levantarse temprano para que?. Cuando era pequeña, siempre era la primera en despertarse, aún antes de que el despertador rojo de campanada estridente, de lata vieja aunque fuera nuevo y reluciente y que por la noche atronaba con un tique tac mortal. Porqué sus padres le habían comprado semejante armatoste, no lo sabía. Parecía un tanque blindado, una especie de artilugio de las épocas en que los aparatos eran el resultado del ingenio mas que de la invención y fundamentalmente, debían durar toda la vida. A quien se le ocurre hoy que algo dure toda la vida. Es imperioso cambiarlo casi enseguida de haberlo comprado. No le gustaba esa sentencia por eso los autos le duraban, los pantalones se desteñian en su ropero, prefería las plantas robadas de los jardínes amigos a las variedades híbridas ofrecidas en las vidrieras floridas y algo artificiales de los negocios de la calle, no mencionaré su nombre pero me viene a la memoria esas maisons des fleurs de París y su abigarrada y ordenada oferta de variedades. Pero no era eso algo que preocupara su mañana, no.
Sabanas sucias, sabanas limpias. Siempre dejaba unas migas distribuirse sobre las sabanas, las cobijas de lana de las que era tan dificil sacarlas y el piyamas.
Aún asi los ojos cansados no se volvieron hacia mí. El sol de invierno le pegaba duramente en la espalda. Cómo será en esos países donde no hay sol en invierno?, podría imaginar un dia alli, pasar un fin de semana pero no más. Sol de invierno.
Tenía un piyamas a rayas, morado y ocre, con flores en segundo plano y el pantalon del mismo color ocre, brilloso como seda y suave. Le gustaban las manos deslizandose por esa suavidad y por debajo los músculos tensos los pezones duros, el borde del boton, un elástico, nada. Yo por mi parte prefiero dormir desnudo, aunque como soy friolento, solo puedo hacerlo algunas noches de verano muy calurosas, bajo el tul que cuelga desde la oscuridad y las notas claras de la luna suspendidas sin mas.
Un suave edredón de plumas está arrugado sobre la cama, la casa cruje a cada zamarreo del viento que sopla sobre el lago. Hará frío hoy.
Me quedo un rato en la cama, esperando. Desconfía de mí, sabe que debería haberme levantado temprano, saltado de la cama y sumergirme en la oscuridad hasta la cocina,fria. Encender el fuego, calentar pan o lo que haya, solo para mí, exprimir unos pomelos del árbol del jardín, ese que plantara unos 20 años atrás para reponer otro, viejo, más viejo que yo y que cubría un pequeño jazmín del cabo de hojas lustrosas y flores blancas, tersas y suaves, si es que quieren significar cosas distintas. En ese árbol yo trepaba al techo y del techo al cielo, hoy el jazmín casi ha crecido tanto como ese pomelo pero sus ramas son flacas y huesudas como mis manos. Inútiles para sostener el peso ágil e infantil de un aventurero de entrecasa.
No. Me quedo en la cama como si fuera tan solo una contradicción de mi naturaleza. Tengo trabajo por hacer pero he aprendido a tomarme el tiempo necesario, el mundo no cae, respiro, el aire se vuelve docil, gracias.
Al fin, presa del fastidio que produce mi pereza fingida, junta lo que va a ponerse para hacer lo que tenga que hacer ese día, sin olvidar nada y se mete en el baño. No lo hace para castigarme, escamotearme esa escena cotidiana del cuerpo que se desnuda y se viste con un cierto erotismo alejado de toda pasión, de toda verguenza, abrumado por el día tras día, aunque para mí el tiempo no pase.
Siento el agua que fluye, un gorgoteo y un no se qué. Ya no tengo esa curiosidad de saber que pasa donde no se puede entrar pero abro la puerta para preguntar.
Para qué tan temprano?
Agua que picotea sobre mis ojos, sobre mi cara entera sobre mi cuerpo y se desliza en pequeños surcos que se corren hasta el piso y nada. Es un momento donde el tiempo se detiene, stop, nada. Tengo ganas de nada, tengo ambicion de todo, todo todo. Me pondré unas ropas viejas, un yin, una remera vieja rayada, con finitas rayas multicolores horizontales y por encima un saco de lana con guardas, una bufanda roja, guantes, medias de lana y botas color ciruela para ir al bosque. Pisar el pasto escarchado mientras todo esta callado.
Hoy debe ser. Aunque no cierro los ojos puedo ver la puerta de piedras calzadas una sobre otra sin junturas y el hombre diciendo, no debería, es un riesgo, don Luis ha dicho que usted no debería. Siento en la mano, en el fondo del bosillo del abrigo una piedra fría, suavemente fría. La encontré en el camino mientras subía, montaña traviesa, evitando a los turistas y sus máquinas fotográficas que miran sin ver, sin ver nada. Al subir no quise solo subir, quise estar ahí como si la montaña y yo tuvieramos que conocernos, tocarnos, olernos, sudarnos, desgastarnos, sin equivalencias. No era una cuestión iniciática, habia estado antes ahí.
De todas las piedras del camino, solo una, esa. La vi tirada ahí. Una piedra en mi camino. Acordarme de quien era antes. La piedra me estaba mirando, ahi, desde el borde del camino, marcando un hito, un descanso, ahora.
Mirando al piso vi que mis zapatillas, un par de viejas zapatillas de puntera de plástico blancas y suela de goma roja, estaban por deshacerse. Apenas les quedaba el mote de zapatillas por estar cubriendo los pies con una buena ayuda de unas medias de algodón mas propias para una clase de gimnasia que para andar gastando caminos barrosos por los alrrededores de Ollantaytambo. Mi aspecto no era mucho mejor, pero el tiempo apremiaba y quería bajar luego por los túneles de la ladera del este, pasar bajo la selva y llegar al río. Los túneles llenos de tierra antiga, milpiés, arañas, opiliones, gusanos y un barro suave y perfumado. Alvar Mayor, Aguirre, olor a historias de hace tiempo.
El café está listo, venís?.
En un rato. Dejalo en la cafetera para que no se enfríe.
Voy a tomarme el dia para pensarlo. Si, ya se que no es mi estilo pero siento que asi la cosa no va, me falta el aire.
Escucho la puerta de la calle antes de salir del baño con una nube de vapor que se vuelca sobre el pasillo, el silencio de una casa sola, los ruidos breves de la calle, gente que conversa a veces en idiomas extraños, no que dicen. Extrañamente no hay otros ruidos, el tiempo se ha parado y la gente de la calle es la única que sigue su rutina. Yo me cansé. Basta.
Mejor la soledad, saber que estas sin nadie mas, sentir que no van a escucharte, a rozarte, a mirarte, mejor así.
El te verde que puse a calentar hace unos minutos ahora se quema con un humo azul y un olor a pastos de campo. Pensé en el comerciante del puesto en la feria ambulante que vendía infusiones, un hombre pequeño, cobrizo, de frente ancha, ojos oscuros casi rasgados, el pelo algo largo, peinado tirante hacia atras de las orejas y la nuca, brilloso, chaleco tejido, camisa y pantalon de una tela basta y casi áspera de tan oscura. Pocillos y bolsas con hierbas, polvos, piedras y hebras de colores indecisos o brillantes, se extendían por toda la mesa que, aunque breve parecía tener todas las respuestas para los pocos males que nos azotan en este mundo. Te verde para el cansancio, el estrés y el estómago, dijo con voz de quien sabe y así lo acepté. Para que comprás esas cosas, te van a arruinar el estomago en el mejor de los casos hubiera dicho mi abuela si estuviera todavía viva pero no. La ollita de enlozado blanco ahora lucía una veladura en sus paredes y unas manchas extrañas en el fondo. Se leerán las manchas de recocida como las borras del café?, no lo sabía entonces ni lo se ahora pero alguíen habra que sepa ver en los rasgos, las señales y en las señales lo que importa por sobre lo que interesa. El amor por ejemplo es una cosa irrelevante que preocupa a casi todos, aún a aquellos que solo se preocupan por hacer dinero.
La salu, el trabajo, la amista, son cosas importantes, el resto esta en el destino de cada u, vos por ejemplo, un sin destino, tenes que cuidar de esas cosas importantes, porque tenes pocas y esas no vuelven.
La abuela era un fenomeno pero por suerte, leia muy mal el futuro, casi tan mal como yo, casi tan mal.
Desde el jardin podia ver a los obreros colgados como arañas de la estructura del edificio vecino, desde la casa, solo podía imaginarlos, naranjas y azules, aplastados sobre una pared a medio construir, a los gritos, sucios, sudando, cansados.
Que será importante para ellos?, la resistencia de la cuerda que los sujeta a la vida?, el punto de la mezcla?, la canción del chamamé que agota la radio?. Lo importante parece que pasa rápido, se tuerce y transforma y deja de ser importante justo cuando dejamos de prestarle atención. Pero lo peor es cuando empezamos a extrañar aquello que nos fue importante, ahi no hay nada mas que decepción y a lo sumo una pizca de comunión.
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